En primer lugar, está la dimensión humana. Las cámaras de seguridad, originalmente instaladas para proteger propiedades o documentar incidentes, pueden convertirse en instrumentos de exposición cuando sus imágenes salen del circuito cerrado. Para la persona filmada, el impacto no se limita a la humillación pública; puede derivar en pérdida de empleo, acoso, extorsión o consecuencias psicológicas duraderas. La facilidad para grabar, editar y reenviar clips garantiza que un momento íntimo o un descuido se convierta en un archivo persistente y replicable: una segunda victimización que la ley y la ética tardan en mitigar.